En Contra el secreto profesional, Vallejo presenta un texto (hay que llamarlo de algún modo) titulado De Feuerbach a Marx, en el que dice lo siguiente:
“Cuando un órgano ejercer su función con plenitud, no hay malicia posible en el cuerpo. En el momento en que el tenista lanza magistralmente su bola, le posee una inocencia totalmente animal. Lo mismo ocurre con el cerebro. En el momento en que el filósofo sorprende una nueva verdad, es una bestia completa. Anatole france decía que el sentimiento religioso es la función de un órgano especial del cuerpo humano, hasta ahora desconocido. Podría también afirmarse que, en el momento preciso en que este órgano de la fe funciona con plenitud, el creyente es también un ser desprovisto a tal punto de malicia que se diría un perfecto animal.”[1]
Sería difícil que para un lector de Vallejo pase inadvertida la oración en la que se dice “en el momento en que el tenista”, sino que muy probablemente recordará que entre los Poemas Humanos hay uno que empieza precisamente de esa manera y cuyo desarrollo es más que parecido. Asimismo, quizá también recordará que ese mismo poema culmina con una variante del título del texto precedente haciendo más bien una invocación grandiosa a ambos filósofos. Veamos el poema:
En el momento en que el tenista lanza
magistralmente
su bala, le posee una inocencia totalmente
animal;
en el momento
en que el filósofo sorprende una nueva verdad,
es una bestia completa.
Anatole France afirmaba
que el sentimiento religioso
es la función de un órgano especial del cuerpo
humano,
hasta ahora ignorado y se podría
decir también, entonces,
que, en el momento exacto en que un tal órgano
funciona plenamente,
tan puro de malicia está el creyente,
que se diría casi un vegetal.
¡Oh alma! ¡Oh pensamiento! ¡Oh Marx! ¡Oh
Feüerbach![2]
Ahora bien, ante estos dos textos, podríamos decir que tenemos, por un lado, el poema y, por otro, los pensamientos que estructuran el poema. Esta situación, sin duda, está ligada a la naturaleza de Contra el secreto profesional (al cual Vallejo siempre consideró “un libro de pensamientos”) y a lo que éste significa dentro de la obra del poeta. De esta forma, podríamos decir a grandes rasgos que Contra el secreto profesional no es solo la respuesta al Secreto Profesional de Jean Cocteau y a la poesía seudonueva en la que “caben todos las mentiras”[3], sino que es la expresión más transparente de un hombre que sabe que ejerce un oficio en el que solo vale la pena ser sincero. En Contra el secreto profesional encontramos el diario de las ideas de un poeta, sus anécdotas, inquietudes, lecturas y deslumbramientos. No estamos en el terreno de la poesía, sino en el de todo lo que la acompaña; cosa de este mundo que no ofrece razón alguna para no ser revelada.
Puestas las cosas de este modo, lo interesante de poder contrastar en este momento ambos textos es que podemos asistir virtualmente o al menos imaginar con cierta claridad, no ya el momento en que el tenista lanza magistralmente su bola, sino, precisamente, el momento en que el poeta traza sus palabras, en el cual es sin duda un animal completo y no ya el hombre lúcido del primer texto. Vemos así como en el momento en que Vallejo se encuentra en condición de bestia no es capaz de decir “bola”, sino que exclama “bala”; no dice un “perfecto animal”, sino que gruñe “casi un vegetal”; no utiliza un título que comprenda un tránsito en la filosofía, sino que estalla al final en invocaciones hacia los dos grandes filósofos materialistas.
Finalmente, no debemos dejar pasar por alto el vínculo que pareciera intentar trazar Vallejo entre el deporte y el oficio del poeta. Ya Paul Valery había visto al poeta como un sistema viviente productor de versos, de modo que Vallejo pareciera seguir por esa línea y complementarla. No es gratuito que el texto que abre Contra el secreto profesional sea el siguiente:
“La mayoría de las gentes gusta ver el deporte, pero no practicarlo. Existen millones de espectadores en los estadios y apenas unos cuantos jugadores. La mayoría ama el deporte cerebralmente, cuando no literariamente.
Un día desaparecerá el campeón, para dar lugar al hombre en estado deportivo. El deporte no debe ser el arte de unos cuantos, sino una actitud táctica y universal de todos”[4]
Podríamos decir que así como en los animales descubrimos constructores de túneles o fabricantes de miel o seda, así pareciera revelarse en el hombre la aplicación organizada de sus funciones para la realización de alguna obra determinada, ya sea la producción de versos o el golpear una pelota con una raqueta sobre una cancha de tenis[5]. No parece haber, pues, mayor diferencia entre el estado que acompaña la acción del poeta y la del deportista que practicara el tiro, el salto alto o el tenis: de ellos se diría que son animales perfectos.

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