Antes de comenzar a hablar específicamente de poesía, me gustaría aclarar dos o tres cosas. La primera es que yo no soy ningún especialista en la obra de Westphalen ni pretendo serlo en realidad, así que no esperen de esta presentación un comentario riguroso y académico, ni sobre las vicisitudes biográficas del poeta, ni sobre los distintos virajes críticos de su obra. La segunda es que, y disculparán la sinceridad aquí, nunca me he sentido demasiado cómodo ni en los recitales de poesía ni en los homenajes póstumos que se realizan a propósito de estos llamados “genios” o “maestros” de la literatura, la filosofía y el arte en general. Me parece que si bien este tipo de eventos representan una ocasión importante para recordar la obra de un determinado artista o intelectual, casi siempre se corre el riesgo de que en ellos se construya el escenario propicio, entre cafés, anteojos y barbas abultadas, para que el arte se confunda con pura parafernalia vacía y se convierta de este modo en el peor enemigo de sí mismo. Como bien decía el poeta argentino Oliverio Girondo: “el arte es el peor enemigo del arte,un fetiche ante el que se ofician, arrodillados, los que no son artistas.” En ese sentido, la tercera y última aclaración que me gustaría hacer aquí, antes de comenzar con la poesía, es que en cierta forma me reconforta poder imaginar que las dos primeras advertencias que formulé al inicio hubieran sido gustosamente concedidas por el poeta al que se le rinde homenaje ahora. Estoy casi seguro que Westhpalen no hubiera asistido a su propio homenaje, y en realidad, se sabe, solía asistir a muy pocos eventos de este tipo, pero quizá sea necesario ahora, cuando el poeta ya está muerto y no se puede defender, acudir a un homenaje del mismo precisamente para escuchar lo que el poeta hubiera afirmado en vida, esto es, que es absolutamente prescindible asistir al homenaje de un muerto. En rigor, este debería ser un homenaje para el que no asiste a homenajes, si es que queremos serle fiel al poeta y, sobretodo, a su poesía.
Bueno, luego de este preámbulo, un poco rabioso, lo confieso, me gustaría hablar, no de la obra de Westhapalen, como ya anticipé, sino de algo mucho más modesto, aunque no por ellos menos complejo de abordar. Me gustaría hablar aquí de su obra ausente, de ese gesto recio de resistir a la pluma, negarla y confrontarla con su límite mudo, su esterilidad, el abismo en el cual la literatura se confunde y se hace una con su abandono. Como se sabe, tras su embestida inicial con “Las ínsulas extrañas” (1933) y “Abolición de la muerte” (1935), Westphalen permaneció cuarenta y cinco años en total silencio poético. Y a lo largo de este casi medio siglo, como relata Vila Matas en su novela “Bartleby y compañía”, cada vez que el poeta se dejaba ver, se aprovechaba esa rara ocasión para hacerle siempre la misma estúpida pregunta. "¿Por qué ha dejado de escribir poesía si lo hacía usted tan bien?" Y era siempre la misma lacónica y no sé si enigmática respuesta: “No estoy en disposición.”
Me es inevitable traer a colación aquí, a propósito del libro en donde se consigna está anécdota, aquel celebré relato de Herman Melville del cual Borges habrá de decir que es el libro más triste y verdadero, adjetivos que no podrían calzarle mejor a la escritura imperturbable de Westhpalen. Me refiero, como muchos de ustedes habrán sospechado ya, a“Bartleby, el escribiente”, aquel copista casi invisible cuya actitud ante cualquier pregunta, encargo o incluso mandato de sus jefes era siempre la misma, una respuesta de tono excesivamente neutral y, por ello, subrepticiamente subversivo: “Preferiría no hacerlo.” La analogía de la conducta de Bartleby con la renuncia de Westphalen es aquí por demás elocuente. Ello pone sobre el tapete el mal endémico de una escritura comprometida con la experiencia de la renuncia y del fracaso antes bien que del triunfo. Pero siempre sucede así, solo que Westphalen es plenamente consciente de su oficio, como sucede con muy pocos poetas en realidad. El poeta que se haga digno de tal nombre estará tentado siempre por ese vorágine de Caos que los griegos imaginaban como este “este abrirse a una herida o una caverna” y Ovidio más tarde como una “masa cruda en indigesta, ese bulto sin vida, informe y sin bordes, de semillas discordante y justamente llamado Caos”.
En cualquier caso, a lo que se enfrenta el poeta es al reto de nombrar ese “algo” innombrable. En esa nada espesa rebota su aspiración y retorna fracaso, pero es allí también donde reside esa bella obstinación, esa dignísima miseria de querer embarcarse en una empresa por demás imposible. Ya lo decía bien Samuel Becket: “ser artista es atreverse a fracasar donde ningún otro se ha atrevido a fracasar.” Llega así el momento en que el poeta debe aspirar a escribir,no la virtud más excelsa de su pluma, sino algo mucho peor, a callar o a quemar por entero su obra. Este es el caso de Westphalen, pero también de Rimbaud, de Duchamp, de Kafka o incluso de Witggenstein.
De este modo, la opción por la renuncia o por largas décadas de s|ilencio en las que Westphalen hará pulir“la belleza de una espada clavada en la lengua”, se presenta en él no precisamente como la posibilidad que amenaza con anular por entero su obra, sino que antes bien le otorga una autoridad aún más imponente. Callar ahora justifica así el haber hablado antes, y el silencio se yergue, no como el antónimo del lenguaje, sino como esa otra mitad que le otorga sentido a lo dicho (Recuerdo aquí aquel famoso aforismo de Khalil Gibran quien pensaba que la mitad de lo que decía no tenía sentido pero lo decía para que tenga sentido la otra mitad.)
Y es que en el fondo, la vida y obra de Westhphalen no vienen sino a sugerirnos que el acto más honroso que podemos tener para con la literatura es el de descreer infinitamente de ella, así como ella descree del mundo por el mismo motivo que lo exalta. “El arte es una estupidez”, proclamaba el dadaísta Jacques Vaché y Artaud remataba “Todo escritura es una porquería”.Y aquí yo suscribo estas frases provocadoras para homenajear hoy al poeta.Quien afirma la literatura en sí misma no afirma nada, quien la busca solo busca lo que se le escapa. Quien la encuentra, podría decirlo bien Westphalen, solo encuentra lo que está aquí o, cosa peor, más allá de la literatura. Por eso, cada poema persigue la no-literatura, como el reverso de lo que quiere y necesita apasionadamente descubrir.
Antes de aprender a escribir uno debería aprender a balbucear. En medio de su abandono, imagino a Westphalen haciendo gárgaras con el lenguaje antes de enjuagarse la boca con silencio.
Gracias.